A pesar de la controversia que pueda suscitar, el ahondar en el verdadero porque de todas las adicciones  nos lleva a la misma senda. Un anhelo del ser humano, tan antiguo como necesario, algo adaptativo y rápido… pero el camino más sufrido y doloroso.

El mero hecho de salir del útero materno, ese acto lleno desconcierto, locura y muerte. Donde abandonamos el paraíso, ese lugar sagrado lleno de amor y cuidados, donde nada falta donde estamos conectados a mamá de una forma directa y . Esta primera muerte, donde en lugar de llegar al paraíso salimos de él…a un mundo lleno de despropósitos, desafíos, estímulos…una auténtica escuela, dura pero precisa.

Esta antesala que es el parto a menudo nos lleva a la necesidad implícita de buscar ese paraíso en cualquieras de sus formas, aún nos lleve a maltratar a nutro cuerpo físico y a la salud en todos sus parámetros. Es urgencia inconsciente de muerte, de llegar de nuevo a la fuente, a la totalidad, a la luz suprema.

Esos pequeños instantes de placer y unidad que produce cualquier dosis de cualquier sustancia… y digo inconsciente porque cuando uno se percata y toma conciencia del verdadero fin de estas adicciones toma otro camino espiritual con menos sufrimiento, menos apego y mayor respeto al vehículo planetario que no cobija y nos permite la vida.

 

Una forma de llegar  a estados de éxtasis y de verdadera unión con Dios, esos orgasmos cósmicos o microorgasmo muy a menudo, son los que nos enganchan, los que nos llenan de apego por la sustancia y su ritual de toma. Ya sea un simple cigarrillo que con la primera calada se evapora esa ansiedad producida por la misma ausencia de nicotina que ahora estamos saciando, hasta la anulación de todos los sentidos con drogas de mayor índole y potencial.

 

Hay pues, quien con esta toma de conciencia abandona toda dependencia a algo externo y comienza la búsqueda en su propio interior, desde el amor y el respeto por si mismo, a y a su vez hacia la divinidad que vive en él. Y quienes por el contrario persisten en el camino rápido y destructivos, engañados a su vez por una mente y un ego que les dictarán que están en lo correcto, y que es imposible escapar de ese camino… mientras pasas los días junto a esa ilusoria sensación de plenitud, que se esfuma al mismo tiempo que la sustancia del torrente sanguíneo.

 

Una adicción, una sed de plenitud como bien dice Cristina Grof en su libro “Sed de plenitud” un auténtico manual para entender las adicciones desde otro punto de vista, desde otra visión, la visión espiritual del que busca a la unión en Dios con cualquier sustancia adictiva

.  Cuando no se sabe buscar dentro se busca fuera, en lugares, en sustancias, en personas.

Vicente Saus